«Muchos renunciaron al paganismo y el pueblo empezó a dar un testimonio público al Dios que me había protegido. Esto hizo temer al tirano algún resultado funesto y ordenó a toda prisa que acabasen con mi vida cortándome la cabeza. Así voló mi alma a mi celestial Esposo quien, junto con la corona de la virginidad y las palmas del martirio, me dio un lugar distinguido entre los escogidos, a quienes hace felices con su divina presencia».
Tomado del libro «Vida y milagros de santa Filomena», de M. J. F. B., Editorial Angustam Portam.
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