«“¡Y bien, exclama Diocleciano dementado de rabia, que la atraviesen segunda vez con dardos agudos y que muera en este tormento!”. Me llama mágica y, creyendo que el fuego destruiría lo que él llamaba encantamiento, manda que hagan ascua los hierros de los dardos y que, así encendidos, los dirijan contra mí. Lo hicieron, en efecto; pero los dardos, después de haber andado una parte del espacio que había hasta llegar a mí, tomaban de repente una dirección contraria y herían a los que los disparaban».
Tomado del libro «Vida y milagros de santa Filomena», de M. J. F. B., Editorial Angustam Portam.
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