
«¡Ah!, Señor, ¡qué de noches he pasado en vuestra desgracia, miserable de mí! ¡Oh!, ¡Dios mío, en qué situación tan desdichada se hallaba entonces mi alma! Vos la odiabais, y ella se complacía en vuestro odio. Condenado estaba yo al infierno, y sólo faltaba ejecutar la sentencia. Pero vos, Dios mío, vos habéis ido delante de mí y me habéis invitado a pedir mi perdón. Mas ¿quién me asegurará que me hayáis perdonado? ¿Este temor me perseguirá siempre, oh Jesús mío, hasta el instante en que habréis de juzgarme? El dolor, empero, que yo siento de haberos ofendido, el deseo que tengo de amaros y, más aún, vuestra pasión, oh Redentor mío, me hacen esperar que habré vuelto a vuestra gracia. Arrepiéntome de haberos ofendido, oh soberano bien, y os amo sobre todo cuanto existe. Vos queréis que el corazón que os busca rebose de alegría. Detesto, Señor, las injurias de que os he colmado; dadme valor y confianza; no me echéis más en cara mi ingratitud, pues la conozco y la detesto. Vos habéis dicho que no queríais la muerte del pecador, sino que se convierta y viva: No quiero la muerte del impío, sino que se convierta y viva. Sí, oh Dios mío, todo lo abandono, y me convierto a vos: os busco, os quiero y os amo sobre todas las cosas. Dadme vuestro amor, nada más os pido. Oh María, vos que sois mi esperanza, alcanzadme una santa perseverancia».
Tomado del libro «Preparación para la muerte», de San Alfonso María de Ligorio, Editorial Angustam Portam.
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