
«Señor, ya que me dais a conocer que todo cuanto estima el mundo no es sino humo y locura, dadme la fuerza de desasirme de ello antes que la muerte misma no me lo arranque. ¡Desdichado de mí, por haberos ofendido, por haberos perdido, siendo vos el bien infinito, por miserables placeres y por los falsos bienes de la tierra! ¡Oh Jesús mío, médico celeste!, volved la vista a mi pobre alma, ved las llagas que en ella ha abierto el pecado, habed piedad de mí: Si quieres, puedes limpiarme. Sé que podéis y que queréis curarme; mas, también queréis que me arrepienta de todo corazón. Curadme, pues, ya que está en vuestra mano: Sana mi alma, porque he pecado contra ti. Yo, ingrato de mí, os he olvidado; pero vos os habéis acordado de mí, y hoy día me dais a entender que queréis olvidar mis ofensas con tal que yo las deteste: Mas, si el impío hiciere penitencia… de todas sus maldades… no me acordaré yo. Yo las detesto, yo las aborrezco sobre todo lo abominable. Olvidad, pues, oh Redentor mío, las amarguras de que yo os he colmado. En adelante prefiero mil veces perderlo todo, la vida si es necesario, antes que vuestra gracia, y ¿de qué me servirían, en efecto, sin vuestra gracia todos los bienes de la tierra? ¡Ah!, Señor, dignaos ayudarme, pues conocéis cuán grande es mi flaqueza. No dejará de tentarme el infierno: mil asaltos me prepara para reducirme otra vez a su horrible esclavitud. Mas no, mi dulce Jesús, vos no me abandonaréis de hoy en adelante: esclavo quiero ser de vuestro amor. Vos sois mi único dueño; vos me habéis creado; vos me habéis redimido; vos me habéis amado sobre todo lo demás; vos sois el único digno de mi amor, y a vos solo quiero amar».
Tomado del libro «Preparación para la muerte», de San Alfonso María de Ligorio, Editorial Angustam Portam.
Libro a la venta en: Amazon
Suscríbete a nuestro canal de Telegram