
«Aquí me tenéis, ¡Dios mío!, yo soy aquel árbol que después de tantos años de esterilidad merecía escuchar de vos estas palabras: Córtalo pues: ¿para qué ha de ocupar aún la tierra? ¡Ah!, nada más cierto: después de tantos años como estoy en este mundo no os he dado más fruto que abrojos y espinas. Pero vos no queréis, Señor, que caiga en la desesperación. A todos habéis dicho que los que os buscan, os encuentran: Buscad y encontraréis. Yo soy, pues, quien os busca, Dios mío; yo os pido vuestra gracia. Arrepiéntome de todo mi corazón de las ofensas que por culpa mía os he hecho, y quisiera por ellas morir de dolor. Si en lo pasado he huido de vos, hoy solo me ocupa vuestra amistad; prefiérola a todas las coronas de la tierra. No quiero resistir más a vuestra voz. Ya que es vuestro querer que todo me dé a vos, ¡ah!, vuestro soy todo, sin reserva. Vos os disteis todo a mí en la cruz; justo es que yo me dé ahora todo a vos.
Vos habéis dicho: Si algo me pidiereis en mi nombre, lo haré. Seguro ya, oh mi dulce Jesús, en vuestra promesa divina, en vuestro nombre y por vuestros méritos os pido vuestra gracia y vuestro amor: haced que inunden este corazón, morada por tanto tiempo inmunda del pecado. Gracias os doy por haberme inspirado el dirigiros esta súplica. Y ya que vos me la inspiráis, ¿qué prueba mejor de que queréis escucharme? Escuchadme, pues, oh mi Jesús, inflamadme con la llama abrasadora de vuestro amor. Haced que nazca en mi alma un deseo inmenso de agradaros y dadme la gracia de cumplirlo. Oh María, mi gran intercesora, atended mi súplica y rogad también por mí a Jesús».
Tomado del libro «Preparación para la muerte», de San Alfonso María de Ligorio, Editorial Angustam Portam.
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