
«¿Qué se os exige para la consagración a Dios? Una disposición sincera y generosa de espíritu y de corazón que os conduzca a entregaros a Dios, dejando con una llena confianza a su providencia el cuidado de disponer de todos los sucesos de vuestra vida; a dejaros enteramente a la dirección de su divina gracia, renunciando a conduciros por vosotros mismos, porque sois incapaces de ello, y no haríais sino perderos; a aceptar de antemano las cruces que su bondad tendrá a bien enviaros para vuestra salud, a fin de que, cuando vengan, no os causen sorpresa ni os hallen desprevenidos y las recibáis con más sumisión, llevándolas con mayor sosiego, paciencia y amor, en lo cual Dios sea más glorificado; en una palabra, a secundar los designios que Dios haya formado desde toda la eternidad sobre vuestra predestinación y a quitar todo obstáculo a su cumplimiento, cuyo término será infaliblemente vuestra eterna felicidad».
Tomado del «El interior de Jesús y de María», de Juan Grou, Editorial Angustam Portam.
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