
«Los primeros cristianos estaban en la íntima persuasión de que abrazar la religión de Jesucristo y consagrarse a Dios, a imitación de Jesucristo, era absolutamente lo mismo; que el cristiano era un hombre celeste que no tocaba la tierra sino por necesidad, debiendo estar siempre pronto a sacrificar bienes, amigos, parientes, patria, reputación, la vida misma cuando el interés de Dios lo exigía; que en nada debía escuchar ni seguir los movimientos de la naturaleza corrompida, sino abandonarse enteramente a las impresiones de la gracia, dejarse gobernar por el espíritu de Dios y conducirse en todo por principios sobrenaturales».
Tomado del «El interior de Jesús y de María», de Juan Grou, Editorial Angustam Portam.
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