
«El campo de nuestros corazones, en donde se ha sembrado el buen grano, no es en todos igualmente fértil. Estos diversos grados de fertilidad son un don de Dios que pone en cada alma lo que le place, según los designios que sobre ella tiene. Mas está en nuestra mano el hacer producir este don divino a proporción de lo que Dios tiene derecho de esperar de él; y nos hacemos más o menos culpables si el producto no corresponde a la medida de los talentos, ni la cosecha a la fertilidad de la tierra por la falta de nuestra cooperación».
Tomado del «El interior de Jesús y de María», de Juan Grou, Editorial Angustam Portam.
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