22 de septiembre: San Mauricio y la legión Tebea

San Mauricio
San Mauricio

22 de septiembre

San Mauricio y la legión Tebea

(† 287)

El martirio del esforzado caballero de Cristo san Mauricio capitán de la legión de los Tebeos, sucedió de esta manera. Después eme Diocleciano tomó el cetro del imperio, hizo césar a Maximiano, y envióle a Francia con un ejército poderoso a sosegar algunos alborotos que habían levantado Amando y Esiano.

Entre la otra gente que llevaba consigo había una legión de seis mil y seiscientos y sesenta y seis soldados, los cuales eran de la provincia de Tebas, y cristianos confirmados en la fe por el santo pontífice Marcelino.

Parecióle a Maximiano que era bien hacer la reseña de su gente, y ofrecer sacrificio a los dioses, y sobre sus aras tomar a los soldados juramento de fidelidad y de pelear animosamente. San Mauricio, que era capitán de aquella legión, entendida la resolución del emperador, para no contaminarse con aquel sacrílego juramento y sacrificio abominable, se apartó con sus tropas ocho millas lejos del resto del ejército a un lugar que se llamaba Agauno y ahora se llama San Mauricio.

Como supo Maximiano la retirada de la legión Tebea y la causa, le envió un mensaje, mandándole que viniese y se juntase con el ejército e hiciese lo que los demás soldados hacían. Todos los santos soldados con un mismo ánimo y determinación respondieron que estaban dispuestos a obedecer a Maximiano en todo lo que no fuese contra Dios, y a pelear por él como lo habían hecho muchas veces, pero que, siendo como eran cristianos, no querían sacrificar ni conocer por dioses a los ídolos vanos.

Enojóse sobremanera Maximiano con esta respuesta y mandó diezmar aquella legión. Ejecutóse aquella rigurosa orden en los valerosos guerreros de Jesucristo: y creyendo Maximiano que, escarmentados los que quedaban, estarían más blandos y rendidos a su voluntad, tornó otra vez a mandarles que viniesen a juntarse con los demás soldados para hacer el solemne juramento y sacrificio; mas ellos se quedaron firmes como antes, y no quisieron obedecer, prefiriendo dar la vida por Jesucristo, y obedecer antes al emperador del cielo que al de la tierra.

Cuando Maximiano vio el ánimo de aquellos fortísimos caballeros de Cristo, teniéndolo por obstinación y pertinacia, se embraveció con increíble saña, y mandó que todo el ejército diese sobre ellos y no dejase de aquella legión hombre con vida.

Bien pudieran los santos soldados resistir y pelear y defenderse, pues eran harto temibles; pero armados de fe y espíritu del cielo, no quisieron tomar las armas, sino con una nueva manera de victoria vencer sin pelear y alcanzar la gloriosa corona del martirio, no meneando las manos, sino ofreciendo sus cervices al cuchillo. Y así, animados de su capitán el glorioso san Mauricio, sin alzar la espada para defenderse, puestos de rodillas y levantando las manos y los corazones al cielo, recibieron todos la muerte y se ofrecieron en sacrificio a Jesucristo.

Reflexión: Solía antiguamente la Iglesia romana invocar en las batallas contra los enemigos de la fe el favor de Dios por intercesión de san Mauricio, de san Sebastián y de san Jorge, como se saca del Orden romano. Resucitemos ahora aquella tan pía costumbre; pues nos hallamos con tanta frecuencia cercados de enemigos que con infernal astucia y con mil artes diabólicas hacen guerra a nuestra santa fe, y desean quitarnos este tesoro que hemos de conservar a todo trance, aunque nos costara la sangre y la vida como a san Mauricio y a sus soldados.

Oración: Haz, Señor, que nos alegremos en la solemne fiesta de tus santos mártires, Mauricio y sus compañeros, y que nos gloriemos en el nacimiento para el cielo de estos santos, en cuya intercesión tenemos puesta nuestra confianza. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén

 

(P. Francisco De Paula Morell, S. J., Flos Sanctorum)

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